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Superar el karma de Moctezuma II

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Una guía incorrectamente política para tus propósitos de año nuevo

Quizás haya sido su personalidad, que se presume era depresiva, o posiblemente era excesivamente religioso (por lo que se esmeró en cumplir la profecía), el punto es que el jefe máximo de los guerreros más poderosos del continente, de ese entonces, jamás dio la orden que su pueblo esperaba.

Desde el principio las fuerzas eran desiguales: 400 españoles, 40 caballos y unos cuantos miles de aliados indígenas frente a una población en Tenochtitlan de 15 millones de habitantes, con un ejército poderoso, eficientes sistemas de comunicación, una infraestructura de caminos y un conocimiento detallado del terreno, en un inmenso territorio que dominaban y de los que eran emperadores.

Pero en vez de enfrentarlos y detener su avance desde el momento mismo en que llegaron, Moctezuma II sólo se informó de su avance y cuando llegaron les brindó -a los enemigos que destruyeron su imperio- hospedaje y regalos, en lugar de sacarles el corazón y comérselos aun palpitantes, como sus guerreros y sacerdotes solían hacerlo con sus enemigos.

Días después del primer encuentro “amistoso” con los invasores, el pueblo mexica, con sus propios ojos, confirmó sus sospechas de traición, al comprender que su líder máximo era en la práctica un siervo de sus conquistadores. Y esto era imperdonable.

Un pueblo guerrero, acostumbrado a las victorias y a las conquistas no lo podría permitir, por lo que le mataron lanzándole palos y piedras.

Pero fue una protesta desordenada, sin pies ni cabeza, una rebelión de guerreros sin líderes, porque algunos estaban presos y otros atemorizados por la fuerza emocional del oponente.

Por supuesto se trata de la historia de la muerte de Moctezuma II, un día antes de los acontecimientos que se dieran a conocer con un nombre premonitoriamente irónico: “la noche triste”, cuando los españoles escaparon de su propia muerte, para regresar después fortalecidos y derrocar a un gigantesco imperio de guerreros que forjaron su destino con una voluntad férrea engendrada en un islote aislado e inhóspito que otras tribus despreciaron.

Como suele ocurrir con las derrotas, las fortalezas de los guerreros se esfumaron, también se destruyeron otros motivos de orgullo de los mexicas. Sólo quedó el sabor amargo de la humillación, tan penetrante que se ha adherido a la genética y trasmitido de una generación a otra, hasta hoy.

Quizás al final los resultados habrían sido los mismos, pero el karma no habría perdurado, si esos guerreros hubieran podido luchar, desde el principio, hasta su último suspiro, bajo las órdenes de un líder confiable que prefiriera la muerte que la humillación del esclavo. Pero a falta de ese liderazgo el pueblo guerrero protagonizó una defensa tardía, en desventaja.

Perdió la oportunidad de destrozarlos cuando llegaron a un mundo que desconocían, pero también cuando huían de Tenochtitlan, llorando su derrota. De modo que con esta tibieza se empezó a escribir la historia de un pueblo que fue vencido a pesar de su grandeza.

Las palabras pueden parecer crueles e injustas, sin autoridad, especialmente porque son escritas por una persona que no vivió los acontecimientos, pero somos nosotros mismos, los mexicanos, los que debemos reconocer nuestra falta de amor por defender lo nuestro. Dejemos de decirnos palabras bonitas.

Las comparaciones son terribles pero necesarias. Cientos de años después otra ciudad en un país muy lejano fue sitiada por 872 días, sin alimentos, agua y sufriendo las inclemencias de un duro invierno que no vivimos en México. Se trataba de Leningrado (hoy San Petersburgo, Rusia). En 1941, cuando empezó el bloqueo por parte del ejército nazi, Leningrado tenía una población de 3 millones de habitantes, en el año 43 quedaban apenas 800 mil. Se calcula que murieron al menos 1.2 millones de personas y los que sobrevivieron aprendieron a comer cualquier cosa, ratas, papel, zapatos y hasta restos humanos, pero no cedieron la ciudad a los nazis, durante más de dos años de sufrimiento inimaginable.

En cambio, el sitio de Tenochtitlan duró tres meses y las consecuencias de no haber defendido esa nación por sus habitantes aun las seguimos pagando. Somos un país deudor desde entonces, cuando los españoles reclamaron su oro perdido durante la huida de la Noche Triste. No importa el oro, la plata, petróleo, minerales, fuerza laboral y toda la riqueza que México ha entregado a otros países, todavía seguimos debiendo dinero.

Y a partir de ahí la historia se ha repetido, una y otra vez. Líderes no confiables que traicionan a su pueblo, protestas desordenadas y sin dirección. No hay diferencia de quién sea el enemigo en turno: Los conquistadores españoles, los invasores norteamericanos, los indignados franceses o los amenazantes británicos. No importa a quién enfrentemos, la debilidad es interior, porque todo se centra en la falta de confianza en nuestros jefes, que termina por ser la ausencia de la confianza en el otro, el cual puede huir para sólo defender sus intereses personales.

Desde esa primera decepción, la historia de traición de los líderes es interminable, nos persigue, nos acosa como una maldición: Iturbide, Santana, Huerta, Carranza, Calles, Alemán, Echeverría, Salinas, Fox y Peña. Y seguramente otros, según la doctrina ideológica bajo la que se mire la historia del país.

También se repiten las revueltas sin dirección clara, como la revolución mexicana, las protestas de 68 o del 71, las de los 80 en la UNAM, las manifestaciones de indignación por los fraudes electorales a Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador y ahora las que se han organizado en torno al gobierno de Peña Nieto.

No se trata de movimientos sin liderazgo, sino que más bien los líderes no crecen lo suficiente porque el pueblo no tiene la capacidad de confiar en nadie. La gente prefiere inclinase por el cinismo de la correspondencia pronta, inmediata, exprés aunque sea barata. Como una torta, un vale de despensa o una camiseta.

Aunque algunos sonrían con compasión y guarden silencio, a los extranjeros les parece una debilidad nuestra cantaleta de que los mexicanos somos así porque fuimos invadidos. En realidad, es un pretexto para no cambiar. Por ejemplo, los españoles sufrieron una invasión árabe durante 8 siglos y esto no les impidió convertirse en una potencia mundial después.

Si te sientes un mexicano diferente, de otra raza porque eres güero y tienes abuelos franceses o españoles (hay tantos de esta casta), lamento decirte que eres víctima del mismo karma. Así tengas 1% de ADN indígena, el karma te envuelve por completo, precisamente ese afán de distinción te hace resaltar la inseguridad que padeces. Porque nuestro problema no es solamente genético también es emocional y está ligado a la tierra, Incluso los extranjeros que viven por años se contagian un poco y los indígenas que cambian de latitud también pueden sanar un poco.

Lo que nos debe quedar claro a los mexicanos es que nadie va a venir a cambiar nuestro destino, ni el Papa, ni las fuerzas especiales de la ONU, ni los chamanes de las selvas tropicales o los gurús de la India, mucho menos las marcas de prestigio que nos hacen ver tan “totalmente” distinguidos. El cambio depende de nosotros, pero deberíamos dejar de ser ingenuos y darnos cuenta que nuestro peor enemigo es nuestra mentalidad.

Tampoco tiene sentido participar en las protestas públicas para pedir que los precios de gasolina no cambien, que renuncie el presidente o que se evite el dolor en los rastros. ¿Y si esos movimientos triunfaran? ¿qué ganaríamos? Tendríamos otro presidente con otra cara, pero las mismas intenciones; la gasolina no subiría, pero nos aumentarían los impuestos; y los animales en los rastros seguirían muriendo porque nosotros somos unos ávidos consumidores de carne. Pensar en este tipo de soluciones es reproducir el karma del pueblo mexica que derrocó a pedradas a su líder, pero no logró un cambio verdadero.

Señalar a Trump, por ejemplo, como la fuente de todos nuestros males es no reconocer que no somos capaces de construir un país en el que los gringos quisieran vivir. Al contrario, queremos que nos reciban en su país, en el que ellos construyeron en tierras que nos eran propias, pero que las transformaron en lugares hermosos, productivos, generadores de riquezas y atractivos para todo el mundo.

Nos sobra territorio, recursos, mano de obra, juventud, pero nuestra mentalidad está sitiada desde hace casi 500 años, por lo que ni siquiera nos imaginamos capaces de cambiar nuestro entorno.

El cambio será posible cuando nos transformemos de adentro hacia afuera. Cuando nos creamos capaces de construir un mundo mejor, sin la ayuda del nadie. Cuando arreglemos nuestro micromundo e influyamos en el vecino para que cambie el suyo, cuando apoyemos a nuestros vecinos en lugar de impedir que se estacionen enfrente o que lo critiquemos porque parece muy naco.

¿Ayudas a tu prójimo o prefieres ayudar a las víctimas de una guerra que no comprendes y que la información te llega por medios de comunicación que suelen tener intereses particulares? ¿Te inclinas por ayudar mostrando tu supremacía con una limosna o te decides por subir la estima de tu vecina que se esfuerza por vender las más deliciosas tostadas de la zona?

Al arreglar nuestro micromundo seremos capaces de respetar al otro, de entender que su derecho es muy importante porque de su cumplimiento dependen también el cumplimiento del nuestro.

Una persona que se respeta, logra que los demás lo respeten. Lo mismo pasa con las familias, las comunidades, los pueblos y los países. Si somos una ciudadanía que nos respetamos, impediremos a los políticos que nos falten al respeto del modo en cómo lo hacen ahora.

Tampoco se trata de apoyar la tontería que circula por las redes sociales de que sólo siendo buenos ciudadanos tendremos la autoridad moral para criticar el mal gobierno.

De lo que se trata es de hacer primero una revolución interior para lograr nuestra evolución como sociedad. ¿Te molesta lo que hace el gobierno? ¿Votaste en las últimas elecciones? Si no lo hiciste no tienes derecho moral a opinar ¿Por quién votaste? Si lo hiciste por quien ahora nos gobierna, aprende de la importancia de conocer a las personas más allá de su apariencia o de lo que dicen ser; si lo hiciste por la oposición aprende a perder. Pero cualquier caso debemos hacernos responsables de nuestras decisiones. Y prepararnos para el siguiente periodo electoral. Un voto razonado supera cualquier campaña política por oscura que ésta sea.

Pero no esperes que tu mundo cambie cuando gane el candidato político que apoyas. La delincuencia seguirá, la corrupción continuará, la contaminación nos seguirá matando. Una elección no cambia el mundo, tampoco una protesta desordenada. Y el cambio será menos importante si continuas con tu mentalidad de desconfianza al prójimo, si persistes en tus hábitos de consumo de gasolina, de elección de productos importados, de sentirte superior a los demás y que vives en un país que no te merece.

No desgastes tu energía en misiones difíciles que tendrán magros resultados.

Para que el mundo cambie, debes de cambiar tú. Eres el factor de cambio en tu mundo, asume tu liderazgo y actúa.

La mejor fuente de trabajo, la mejor universidad, el mundo más maravilloso es el mundo que nos rodea, no está en el extranjero, está en una realidad que aún no existe, pero que sí es posible construir.

A eso se le llama utopía y yo soy un fervoroso creyente de algunas de ellas.

Gustavo Guerrero