Primeras Páginas del Libro Al Filo del Precipicio

Cuando el fracaso se parece a la muerte


Era un poco tarde, como las diez de la noche. En esa zona industrial las calles son muy solitarias, tanto que se siente miedo. No hay personas, no hay autos, no hay gente en las viejas y destartaladas naves industriales. Sólo mis pasos escuchaba, pero la piel se me erizaba cuando pasaba algún vehículo a una velocidad demasiado alta para una zona urbana.

Venía de una exposición de empresas dedicadas a servicios publicitarios y promocionales. Ahí me había encontrado a un antiguo proveedor que imprimía la revista que años atrás yo dirigía. No fui totalmente sincero cuando me preguntó cómo me iba. “Muy bien amigo, aquí buscando proveedores para nuevos negocios”. Era una verdad a medias, porque esos nuevos negocios nunca llegaban. Así que recorrimos juntos la exhibición y terminamos platicando —en uno de los sillones colocados en los pasillos del Centro Banamex— sobre los buenos viejos tiempos, cuando empezó mi vida de ejecutivo con buenos autos, viajes, escuelas caras para mis hijos, compra de casas y tecnología.

En realidad me sentía incómodo, mi traje brillaba un poco en las bolsas y mis zapatos tenían las tapas desgastadas. Quizá lo más destrozado era mi rostro, que no dejaba de sonreír y de enmarcar bromas constantes. Volví a eludir la verdad cuando me preguntó si traía automóvil, le contesté que sí y nos despedimos con un abrazo a la usanza de los viejos priistas mexicanos, con palmadas resonantes en las espaldas.

Caminé de regreso. No quería gastar el poco dinero del que disponía en un taxi que me cobraría el doble porque pasaríamos del DF al estado de México en un trayecto no mayor de 2 kilómetros. Fue una mala decisión. Transitar a pie por las cercanías del periférico ofende a cualquiera. Esta ciudad no es para caminar. Una gran parte de los que la dirigen viajan en helicóptero y sus subalternos y empleados en auto. El resto de la población no cuenta.

Las banquetas están rotas o invadidas por vendedores callejeros, no hay paso para cruzar las calles, a veces ni siquiera espacios para caminar. Los autos parecen dispuestos a arrollar a cualquiera que se cruce por su camino. Uno se siente que no vale nada cuando se camina en un lugar como estos y, por supuesto, me deprimí aún más.

Sentía un dolor confuso en el pecho, como si la tráquea se contrajera y la tuviera que abrir con la fuerza de mi respiración, lo que me hacía suspirar. Constantemente sacaba el celular del bolsillo, para verificar que no hubiera llamadas perdidas. No estaba acostumbrado a que ella no me llamara, menos a esas horas de la noche.

Llegué a la puerta de una de esas viejas naves industriales y abrí la puerta en una oscuridad tenue. Las bombillas amarillas de la calle dejaban ver lo que en ese momento era un muy extraño lugar para vivir. En ese sitio los techos eran muy altos, sin pensar miré hacia arriba en donde colgaba un malacate con una cadena que terminaba en gancho. Lo recordé en ese momento: ese malacate soporta 850 kilogramos.

Pensé en la proporción de mi peso y sentí una sorpresiva sensación de alivio. Sin prender la luz subí las escaleras y desde el primer piso sin paredes atraje hacia mí el gancho, la cadena movió también el carrito que sujetaba al malacate y que usualmente se usaba para subir, de un piso a otro, cosas muy pesadas.

“Está bien fácil —dije casi en voz alta—, sólo sujeto un mecate al cuello, lo engancho y corro, aunque me arrepienta el carrito me llevará al centro del patio y no podré dar marcha atrás”.

La idea me sorprendió a mí mismo…